(Carta abierta a una joven vasca que hace unos días quemó un autobús en Pamplona)
Autor: Justo de la Cueva
5. ¿Por qué no estalla todo ya en
Euskal Herria (y en el mundo)?. Porque tenemos miedo, porque nos
meten miedo en el cuerpo. Porque la represión es feroz
y eficaz.
Esas, la de por qué no lo quemáis todo y
la de por qué hay otra parte de jóvenes que no
queman nada son precisamente las preguntas que quiero que
te hagas y a las que quiero ayudarte a contestar con esta carta.
Ambas se resumen en una sola pregunta: la de por qué
no estalla todo esto. La de por qué es posible que
siendo tanta y tan bestial la opresión y la injusticia
y la explotación no se haya producido ya un estallido general
de todo el sistema. En Euskal Herria y en el mundo.
La de por qué esos raros jóvenes del PNV y de EA
de buena fe que conoces (y que no son simplemente aprovechateguis
a la espera de enchufes) pueden creerse la milonga de que las
cosas van por el buen camino. La de por qué hay obreros
(¡y parados!) tan tontos que votan a quienes les explotan
y aplauden a los ertzainas que les apalean.
Fíjate bien: tú y yo nos hemos encontrado en el
momento en que has cogido estas páginas y has empezado
a leerlas. Pero ¿de dónde veníamos tú
y yo hasta este encuentro?. Los dos surgíamos del frío.
Veníamos del miedo. Veníamos de un lugar,
de una geografía, de un espacio, de un tiempo, de una época,
de un espacio-tiempo (la Tierra-1996-Siglo XXI históricamente
ya comenzado aunque cronológicamente falten aún
cuatro años y medio para el día 1 de enero del año
2001) cuyo nombre es el miedo.
Veníamos del miedo viejo ya de cuarenta años a Hiroshima,
a Nagasaki, a Bikini, a Three Mile, a Chernobil, a Vandellós,
a Mururoa, a la destrucción del hombre, de la vida y del
planeta en una hoguera radiactiva, en un holocausto de bombas
atómicas, de bombas de hidrógeno, de bombas de neutrones,
de bombas de virus, de bombas de microbios, de bombas de venenos
químicos, de centrales nucleares defectuosas, obsoletas,
reventadas, de residuos nucleares radiactivos mortíferos
pero casi inmortales (a escala humana una duración de decenas
o centenares de miles de años es "casi" la inmortalidad).
Veníamos del miedo más reciente a la ya hace veinticuatro
años anunciada destrucción del hombre, de la vida
y del planeta por efecto de la crisis ecológica, del consumo
insensato y despilfarrador de los recursos limitados de la nave
espacial Tierra. Despilfarro producido mientras y porque y para
que, por un lado, crezcan y se multipliquen las increíbles
acumulaciones de riqueza en manos de una cada vez más pequeña
proporción de la población mundial y, por el otro,
crezca sin cesar el número de los parias, los miserables,
los hambrientos, los sin techo y sin lecho, los enfermos y los
ignorantes. Despilfarro criminal que no sólo está
agotando y emporcando el planeta sino que también está
generando el polvorín, con la mecha ya encendida, de los
miles de millones de desesperados que no tienen nada que perder
más que su hambre y su muerte segura en la miseria.
Veníamos del miedo más presente, más inmediato,
de la crisis económica mundial que nos patea con los cascos
de los novísimos cuatro caballos del Apocalipsis: la mundialización/globalización,
la precarización, el paro y la conversión en prescindibles
de clases enteras, de pueblos enteros, de continentes enteros
(Africa es ya "prescindible").
Veníamos sobre todo del miedo cotidiano, del que se nos
inocula, se nos inyecta directo al cerebro cada día. Miedo
servido en casa, a la carta, para escoger como un menú
a la hora de comer y cenar en la televisión o en los medios
impresos y radiofónicos. Miedo servido en imágenes
directas, materiales o simbólicas, de sangrientamente heridos,
de espantosamente mutilados, de definitivamente muertos por todos
los medios (fusil, cuchillo, mina, bomba, incendio, andamio, coche,
terremoto, volcán, inundación, sequía, sida,
simplemente hambre, simplemente miseria), de muertos de todos
los colores y de todas las edades, de uno en uno o en grupos o
en multitudes, de muertos inocentes, culpables, heroicos, asesinos,
uniformados o de paisano. Miedo que sentimos, al gozar del sexo,
al sida o al embarazo no deseado. Miedo que sentimos, al usar
el coche, de morir en accidente o quedar inválidos para
siempre. Miedo que sentimos en el trabajo al paro y en la huelga
al despido. Miedo que sentimos en la iglesia y en la fe al infierno.
Miedo que sentimos al vivir por si caeremos enfermos. Miedo que
sentimos en el amor a los celos, al desamor, a la indiferencia.
Miedo que sentimos en la escuela o el instituto o la universidad
a la bronca, a la humillación, a la represión, al
castigo, al suspenso, a la expulsión. Miedo que sentís
las mujeres en la casa al marido o al compañero agresivo,
en el trabajo a los machistas que os acosan y agreden sexualmente
y laboralmente saben bien discriminaros, en el divorcio a la miseria
económica. Miedo que sentimos todos, varones y mujeres,
en las ventanillas de la Administración a las arbitrariedades,
en la carretera a los controles, en la calle a los policías
que golpean, en las comisarías y cuartelillos a los policías
y guardias civiles que torturan, en los tribunales a los jueces
que ajustadamente aplican las leyes injustas e injustamente las
justas. Miedo que sentimos a todas las edades, cuando jóvenes
a la mili y al paro, cuando maduros a la jubilación de
miseria, en la ancianidad a la soledad y al desamparo.
Miedo a saltarnos las normas, a ser diferentes, a correr riesgos,
a buscar placeres, a probar cosas, a buscar novedades. Porque
es indecente ser diferente, porque el que la hace la paga, porque
al que se salta la norma le aplasta la sanción, porque
el que corre riesgos perece en ellos, porque el que busca placeres
encuentra castigos, porque más vale malo conocido que bueno
por conocer. Miedo a encontrarnos en la asamblea con el ridículo,
en la votación con la minoría, en la vida con la
muerte......Miedo por todas partes donde se mire. Miedo.
Miedo también, y muy específico, a la dictadura
de unas imágenes que sabemos falsas de la realidad pero
que se nos imponen porque los que las imponen controlan (casi)
todos los canales (televisivos y de toda índole). Miedo
porque ésa se convierte en la dictadura de una realidad
que, aunque en el fondo sabemos falsa, ese fondo se hace tan hondo
que acabamos por perderlo de vista porque todos (o muchos que
acaban pareciéndonos todos) a nuestro alrededor nos demuestran
que es sentida, aceptada, admitida, pensada como real para acabar
siendo vivida, incluso por nosotros, como real.
Veníamos así también del miedo que nos han
metido a la libertad y del miedo que nos han metido a la búsqueda
de los placeres y a la realización de los deseos.
De ese miedo, de ese miedo transmutado en alienación y
reforzado por la sorda coerción del sistema, configurado
en diminuto pero activo policía personal siempre alerta
agazapado en nuestro cerebro, de ese miedo es de donde veníamos
tú y yo cuando nos hemos encontrado en este momento en
que estás leyendo estas páginas y que yo estoy viviendo
por adelantado (previendo, previviendo) en el momento en que las
escribo para ti.
Ese miedo que nos meten, que nos han metido, en el cuerpo y en el cerebro, ES LA REPRESION. Es, a la vez, el resultado y la acción de la represión. La represión es, sobre todo, meter miedo. Y el miedo es el resultado y la herramienta fundamental de la represión. Y la represión es la imprescindible y continua y permanente tarea que, desde la noche de los tiempos en que comenzó la explotación del hombre por el hombre, necesitan realizar (y realizan) la minoría mundial de explotadores para que la inmensa mayoría que en el mundo son los explotados sigan escupiendo sangre para que ellos vivan mejor.
Sucede que, viniendo como venimos tú y yo del miedo, ambos
luchamos contra él. Yo escribiendo estas páginas,
tú al vivir como vives y luchar como luchas (y también
al empezar a leerlas y no haber dejado ya de hacerlo). Y ambos,
tú y yo, afirmamos que, desde el miedo, nos esforzamos
por construir un mundo en el que nadie escupa sangre para que
otro viva mejor. Nos esforzamos por destruir el miedo, romper
sus cadenas y marchar hacia la libertad, hacia la igualdad, hacia
la fraternidad, a cambiar el mundo de base, a hacer de la Tierra
un paraíso para el deseo y el placer de todos.
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